El ave decidió subir por la colina
Y miró las luces del firmamento.
El viento desvió su vuelo preciso, pero siguió volando.
El ave atravesó la noche.
Cruzó el tiempo y su propia edad.
La vi pasar altiva en el cielo.
Mis nervios se pusieron alerta.
La vi, la escuché, la sentí; no había más opción.
No sabía que significaba.
Dejé mi mente fluír.
El ave era yo, después de cien años de viaje.
Venía a buscarme.
En silencio la contemplé.
Y vi mis ojos al mirar los suyos.
Convertí sus pupilas en espejos.
Puertas de plata que se iban a cerrar.
Y me miré por última vez.
Y vi mi rostro demacrado; la mirada rutinaria.
Sentí que debía volar, y ver el reflejo en el agua.
En ese momento me sentí decorado por el universo.
Mi mente me decía que me dejara caer en algún abismo.
Y mientras caiga me dejara impregnar por el viento.
Que rompiera mis ataduras, y me quemara con la luz de la realidad.
Cuando hice parte mía aquella luz.
Desperté en la ilusión.
No estaba donde quería estar.
(Nunca estoy con quién ni como quiero).
Me siento libre, observando mi reflejo en movimiento.
Sintiéndo el desplazamiento.
Observo las siluetas vacías de las cadenenas de la opresión.
Aquellos que cierran sus ojos y que pueden ver.
Nadie les enseñó que para no ver, hay que no mirar.
Quiero mostrarles a mi yo.
Mi aventura; que su gozo sea mejor.
Que se impregnen de el placer de volar en libertad.
Que entiendan el significado de las sorisas en sus rostros.
Y que sientan como fluyen las emociones por sus venas.
Como se excita su cerebro.
Como se alegra su mente.
Les diré: "Abran sus ojos, y miren de frente a la realidad".
Y podrán correr.
Quizá ... volar ...
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