Te miré, desconocida, en un cruce del azar,
un coincidir inesperado de tu vida y la mía.
Te miré, desconocida, pero no te reconocí,
tal vez porque no quise, tal vez porque no debí.
Pero el tiempo fue fluyendo y te volví a mirar,
ya no desconocida, sino que anhelada.
Te vi, mi conocida, hasta empezar a llenar la botella
de mi amor escurridizo.
Los días fueron mi viento cálido
que empujaron la pluma liviana de tu amor,
llevándola hacia los horizontes del reloj,
el de las esperas y el de la razón.
Te vi, mi conocida de palabras y de canciones.
Pero tu sonrisa ahora es lejana,
desconectada de ese beso torpe en una esquina de Valparaíso.
Buscado por horas; consumado en instantes.
Esa sonrisa que busco al mirar tu foto y que no encuentro.
Ese brillo de tus ojos que veía cuando me ponía sobre ti.
Ese llanto de tus labios que brotaba desde tu placer.
Todo no está, mi conocida de noches cálidas.
No está como tus cabellos en mi memoria.
Y tu sonrisa ahora es de dolor,
dolor que golpea y que debo calmar,
igual como calmaba mi amor con besos que no querías.
Igual como calmaba mi amor haciendo juntos el camino,
sentados juntos en la micro,
leyendo juntos un libro o caminando sin claridad,
sólo caminando.
Caminatas por el frío,
sudorosas en el calor.
Yo iba a tu lado y escoltaba la imagen de tus labios,
los que con seriedad me respondían.
Y ahora, con todo eso presente como un dolor crónico,
no quiero regresar, porque marcaste el punto en que tu camino gira hacia el este
y el mío hacia el oeste.
Distancia insosayable ahora y mañana.
Y será mucho tiempo, mucho miedo, mucho horror
hasta poder mirar de nuevo tu sonrisa y que sea eso,
tu sonrisa; ni más ni menos.
No te sientas mal, en todo caso,
la llevo dibujada sobre la mía.
Aunque se borra con los días.
Y por eso ahora, desesperado,
te empezaré a odiar,
para así poder mantener un tiempo más,
quizá cuántas vueltas más de mi reloj,
tu sonrisa junto a la mía,
antes de extraviarla y extraviarte,
definitivamente...