Mañana me levantaré a las 5:37, hacia las 5:50 estaré vistiéndome para desayunar a las 6:10 y salir de la casa a las 6:17. Tomar la micro a las 6:45 y llegar a puerto a las 8 en punto.
Entrar a la facultad, vacía por lo demás, saludar al portero y entrar al casino. Bajar una silla del mesón y sentarme a esperar media hora a que llegue gente. Rutina asesina.
Entraré a clases y es probable que no apruebe el ramo. Da igual, se puede tomar de nuevo.
Saldré de la sala sin tener nada que hacer, salvo tomar una micro incómoda y volver a Quillota; quizá algún chofer me alegre la vida, y espero que así sea.
Voy a llegar a la casa, y no habrá mucho que hacer, salvo almorzar, y ponerme a estudiar, esa cosa que tanto odio pero que me jacto de amar.
Será esa rutina asquerosa del leer, sintetizar, anotar; repite y pasa al siguiente texto. Todo para ir al otro día a la misma facultad mísera y fría, con esas caras deprimentes y esa atmósfera de odio latente.
Daré el examen con el único ser humano de esta tierra a quien nunca he visto -ni quizá vera- reír. Y sin embargo, a pesar de todo esto, no estoy deprimido, ni triste, ni agobiado, ni nada que pudiera parecérsele.
Después de ese último examen cambiará el día, y no será ni el chofer, ni mi madre, ni los deliciosos encantos del azúcar los que me darán el encanto de vivir. Quizá sea algo dulce, pero no es esa dulzura vulgar de los caramelos. Es la dulzura celestial de un par de labios, de una lengua cálida, húmeda. De una mirada sincera, de una conversación honesta, de una tomada de manos sudorosa pero enérgica y de un par de horas cortas pero valiosas.
Me voy a juntar contigo después de clases, como dos niños que se esconden de sus padres y esconden su amor del mundo con inexpertos besos en una banca oculta. Como ese par de niños que se van a dejar al paradero y se besan atentos a que no los vean, cuando lo único que quieren es que los vean todos dándose un beso lleno de fluidos.
Que se despedirán pegando su vista en los ojos del otro a medida que la micro se mueve, y que van a llegar a la casa corriendo a ver quién llegó primero, con un fin de competencia tan absurdo, tan inocente, tan puro, que traspasa cualquier perversión.
Y que van a querer volver a verse, para darse más besos torpes, tomarse las manos nerviosas y abrazarse con las lenguas, sin los brazos, sólo conversando el uno con el otro.
Así son mis días contigo, así quiero que sean y así te quiero en ellos.
Oye, ¿te cuento un secreto? me gustas; me encantas. Te quiero; te amo.