sábado, 1 de septiembre de 2012
Tengo ganas.
jueves, 9 de agosto de 2012
Etc.
Mañana es ese día del mes en que soy mandado a comprar muchas cosas tendré que pasar por tu calle ¿Qué diré cuando te salude? o bien ¿cómo lo haré? se me hará incómodo saludarte fríamente cuando unos días atrás tus labios cálidamente cobijaban los míos La verdad quiero ansío ver qué haré ansío ver qué harás ansío ver qué haremos Naturalmente nada Y no sé de qué forma pero tengo tu olor impregnado en mi ropa aunque no la haya usado cuando te vi Recordé también el color de tu cabello ¿cuántas veces te habré visto si no es de noche? un par y no valen en mis sueños Recordé el color el olor y la textura de tu pelo Falta el de tu mano que increíblemente lograba envolver la mía Y te recordé también cuando el microbús que tomé empezó a humear si el contexto hubiera sido el mismo de la semana pasada me hubiera bajado para irte a ver otro ratito pero preferí sentir ese humo que ahogó a la gente A esta hora duermes a esta hora duermo debería estar durmiendo pero estoy pensando en ti no de la misma forma que hace un par de días sino que ahora con ganas de verte con ganas de ver cómo será todo realmente desde ahora en adelante cómo seremos amigos cómo te voy a querer cómo me querrás cómo cómo cómo y etcéteraetcéteraetcétera
Y aún así.
No existes
Porque le di otro sentido a tu voz
hasta que se pasó a ser un eco dudoso.
Cambié el sentido de tus palabras
Cambié el sexo de tus palabras.
Cambié el calor de tus palabras.
éibmac le nedro ed sut sarbalap.
Al dormir te conviertes en pesadilla
y al despertar mis párpados
desescriben las máscaras de heridas
que coloqué en el reverso de tu sombra
Vagabundeo en círculos y te descubro
en la ausencia de contestaciones
Te inventé, y naciste del espejo
te vestí de aire cálido, o los jadeos de tu respiración;
de niebla, o del calor de la misma;
de lluvia que amanece o el calor de tus labios;
de néctar que perece, o del sabor de tu boca.
Y alguna vez, tal vez
Te conozca de tarde
Y alguna vez, tal vez
Dejaré de ser brisa hecha de ruidos.
Alguna vez, tal vez; un día, quizá,
Te vea de día nublado.
Sin el sol, que te pone ante todo lo demás.
Tienes piel de seda
Tienes venas de luz
Cabellos de aires
Pupilas de perlas... qué monstruo creé.
Te visitaría cada noche.
Como los íncubos en tus sueños
Como el íncubo que he sido
Silentemente sintiendo tu olor.
Rozando tu piel
Lamiendo tu perfume
Tu nombre (que he ido olvidando) sólo se escribe con agua;
o en el sereno de un vidrio;
o con el humo de un cigarro;
o la ceniza de un incienso.
Sabes que el silencio no tiene lenguas
pero sí para tus secretos:
Hablan el idioma de las espinas.
El día nace en tus piernas;
sube por tu cuerpo, una perfecta geografía
las 12 (o el mediodía) son tus muslos;
las 15 (o la hora muerta) son tus bustos;
Y el anochecer, el camino más largo
Viene en tu boca.
Tus manos cubiertas de sortijas,
Tú, bañada de agua sedienta te estremeces
En el muro que parte al alba en dos
Pero no existes.
Y yo tampoco
Soy sólo un bostezo;
tu bostezo.
Dentro del sueño que todas las noches tienes,
en el que no me ves; repito, soy un bostezo.
Y aún así, tú me besaste.
La mujer del acacio.
miércoles, 8 de agosto de 2012
Prat.
Hoy caminé por las mismas calles de siempre.
Llegué a la misma calle donde te vi siempre.
Entré a los mismos lugares en que entro siempre.
E hice las mismas cosas que hago siempre.
Es que todo está planeado, todo es siempre igual.
Una rutina de nunca acabar.
Pero hoy no quise ver.
Hoy no oculté mis bolsas, porque me quería ver ridículo.
Hoy oculté mi rostro, porque no quería ser advertido.
Hoy crucé, miré y no miré, me perdí entre la gente, con la esperanza de no verte.
Aunque lo que más quería era frente a mí tenerte.
Intenté perderme entre motores, y brazos ajenos.
Tapar mi rostro de negro.
Y no tener el olor de siempre.
Ser a mí mismo diferente.
No, hoy no por favor.
Hoy caminé la misma calle de siempre, con la intención de no verte.
Desde ahora caminaré esa calle, como siempre ha sido.
La calle del comercio, de los ruidos eternos, de los árabes y sus tiendas.
La calle de la locomoción exclusiva.
La calle donde estás, y estarás.
Esa maldita y atestada calle, para verte más, y más, y más, y más...
sábado, 3 de marzo de 2012
Me pierdo.
martes, 21 de febrero de 2012
Adela.
Tendida en la paja, en el piso, agoniza. Con su extremidades marchitas como ramas en otoño, Adela está acurrucada al lado del débil fuego que consume ramas en medio de la habitación; sus ojos tienen un brillo aúreo, hablan, dicen que están cesando su mirar. Tose, vomita, se convulsiona, alucina, duerme, suda y gime. Adela tiene 14 años, quizá más, no lo recuerda bien. Nos dijo que hace tres meses su frágil y pueril cuerpo conoció el dolor del parto, y que su hijo está lejos, ella está acá huyendo de su padre, por la deshonra, no ha visto al padre de su vástago desde que tuvieron sexo, esa mágia noche de Mayo, lo recuerda bien -nos dice- que él era más fuerte y la obligó, aunque lo defiende, es un personero del gobierno local; acá está Adela, nunca debió llegar a nosotros, pero sus circunstancias la llevaron a perderse en la selva.
A excepción del resplandor de la lumbre, la oscuridad es imperante. Más allá de la ventana llueve de maneras impresionantes, debemos agradecer el haber encontrado esta casucha abandonada por la vida, el tiempo y la memoria, estaba habitada por arañas, muchas aves y un ratón gigante, fue nuestra primera cena; "Siempre llueve aquí, agradezcan que es suave esta vez" dice Samuel, el arriero de nuestro viaje, prometió llevarnos al otro lado de la frontera por un par de monedas, comida y un libro, siempre quizo leer algo nuevo, Adela no sabía nuestro propósito, creo que tampoco le interesaba, agonizaba, y guardaba dentro de sí misma la esperanza de salvarse.
Escapó, sin pensarlo, sin prepararse, sin siquiera tomar algo para protegerse, escapó de su padre, que casi la mató a golpes, quedan evidencias todavía de aquel arranque de ira para con su hija; a pesar de estar cerca de la capital, la gente de este pueblo es muy conservadora, religiosa y, por sobre todo, machista, por eso no era raro que jóvenes escaparan de la deshonra de sus embarazos, buscando dejar la vergüenza y encontrar algo para vivir al otro lado de la -en ese momento- impenetrable frontera.
La lluvia seguía, y ya eran 2 días, el calor era insoportable, sofocante, algunos pensaron en matarse, uno huyó, pero sé que no llegó lejos, los animales salvajes son un gran peligro, y si se logra pasar ese impedimento, la humedad hará de las suyas, no le doy más de 5 días, y la frontera está a 6 de viaje acelerado y expedito. Nuestro viaje partió hace 5 días, iba bien, nuestro objetivo era llegar al Congo en una semana, una semana ya va. Queríamos buscar especies vegetales, y llegar a Bosobolo, un lugar cerca de la frontera con la inestable República Centroafricana, donde nos contaron existía un pueblo nómade que queríamos estudiar.
La gente de estos lugares solía construir estas casetas a la deriva del camino, para buscar refugio de la lluvia, pero dentro se encontraban con un enemigo más violento: saqueadores; con el tiempo, la zona comenzó a decaer, y ahora su único enemigo común resulta ser la malaria.
Alfonso -uno de mis colegas- espanta sin querer a su perro de caza, y este pasa a llevar a Adela, yo tomé mi chaqueta y la envolví en ella para que pasara la noche, ella tímidamente cubría sus piernas con su raída falda. Débilmente clava su mirada en la mía, como buscando aferrarse a mí, mas, sólo vi resignación en sus pupilas, llamé a Mario, el médico, quién descubrió que tenía un ligero sangrado vaginal, un ritmo cardíaco de 140 latidos por minuto, y 41 grados de temperatura, sin saber el por qué decide administrarle un poco de Amoxicilina, con la esperanza de que sobreviva, la convenzo de que beba una taza de té, con algunas hierbas, a lo que débilmente asiente con la cabeza, le preparamos un lugar para que pase la noche, anhelando sólamente el fin de la lluvia.
Es de mañana, y la lluvia ha casi cesado, Adela está peor, no podemos dejarla morir acá, por lo que decidimos partir. El camino está peligroso, los animales salvajes al acecho, pero intentamos llegar pronto a la frontera, e intentar que Adela, al menos pueda cruzarla; dejarla morir acá sería dar carroña a los animales, más que por la soledad del lugar, por su soledad como persona, aunque hubiere muerto en su casa, hubiera terminado como carroña, su acción era imperdonable. Comenzamos a ver pequeñas chozas, estamos por alcanzar nuestro primer objetivo, una aldea marcada en el mapa, donde esperamos poder abastecernos. Adela no camina, es llevada por Mario y Héctor, un joven que se ofreció a ayudarnos a cambio de comida y que lo sacáramos de su casa, o bien, el lugar donde era brutalmente esclavizado.
Adela comienza a vomitar sangre, la angustia se apodera de nosotros, mientras el arriero nos dice que el pueblo fue atacado por saqueadores, lo cual agota nuestras esperanzas de salvarla. Sus ojos, más brillantes que nunca, dicen lo que sus labios, secos como la tierra en verano, no puede. Se despide, sin decir una palabra. Pasan un par de minutos, y sus joven mirada, cesa para siempre. Adela dejó esta vida, sin saber cómo estaba su hijo, sin ver como sería su rol como madre, Adela dejó esta vida, por dejar atrás su vergüenza, su obligada e injusta vergüenza, dejó esta vida, simplemente por miedo, y nosotros la dejamos, ahí, tal como murió, sabiendo el futuro de su cuerpo, dejamos nuestras vidas en esa destruída aldea, guardando siempre en mi memoria su mirada, de agradecimiento y angustia, angustia de morir, simplemente, por intentar vivir.