jueves, 9 de agosto de 2012

Etc.


Mañana es ese día del mes en que soy mandado a comprar muchas cosas tendré que pasar por tu calle ¿Qué diré cuando te salude? o bien ¿cómo lo haré? se me hará incómodo saludarte fríamente cuando unos días atrás tus labios cálidamente cobijaban los míos La verdad quiero ansío ver qué haré ansío ver qué harás ansío ver qué haremos Naturalmente nada Y no sé de qué forma pero tengo tu olor impregnado en mi ropa aunque no la haya usado cuando te vi Recordé también el color de tu cabello ¿cuántas veces te habré visto si no es de noche? un par y no valen en mis sueños Recordé el color el olor y la textura de tu pelo Falta el de tu mano que increíblemente lograba envolver la mía Y te recordé también cuando el microbús que tomé empezó a humear si el contexto hubiera sido el mismo de la semana pasada me hubiera bajado para irte a ver otro ratito pero preferí sentir ese humo que ahogó a la gente A esta hora duermes a esta hora duermo debería estar durmiendo pero estoy pensando en ti no de la misma forma que hace un par de días sino que ahora con ganas de verte con ganas de ver cómo será todo realmente desde ahora en adelante cómo seremos amigos cómo te voy a querer cómo me querrás cómo  cómo cómo y etcéteraetcéteraetcétera

Y aún así.


No existes
Porque le di otro sentido a tu voz
hasta que se pasó a ser un eco dudoso.
Cambié el sentido de tus palabras
Cambié el sexo de tus palabras.
Cambié el calor de tus palabras.
éibmac le nedro ed sut sarbalap.


Al dormir te conviertes en pesadilla
y al despertar mis párpados
desescriben las máscaras de heridas
que coloqué en el reverso de tu sombra
Vagabundeo en círculos y te descubro
en la ausencia de contestaciones

Te inventé, y naciste del espejo
te vestí de aire cálido, o los jadeos de tu respiración;
de niebla, o del calor de la misma;
de lluvia que amanece o el calor de tus labios;
de néctar que perece, o del sabor de tu boca.

Y alguna vez, tal vez
Te conozca de tarde
Y alguna vez, tal vez
Dejaré de ser brisa hecha de ruidos.
Alguna vez, tal vez; un día, quizá,
Te vea de día nublado.
Sin el sol, que te pone ante todo lo demás.

Tienes piel de seda
Tienes venas de luz
Cabellos de aires
Pupilas de perlas... qué monstruo creé.

Te visitaría cada noche.
Como los íncubos en tus sueños
Como el íncubo que he sido
Silentemente sintiendo tu olor.
Rozando tu piel
Lamiendo tu perfume

Tu nombre (que he ido olvidando) sólo se escribe con agua;
o en el sereno de un vidrio;
o con el humo de un cigarro; 
o la ceniza de un incienso.
Sabes que el silencio no tiene lenguas
pero sí para tus secretos:
Hablan el idioma de las espinas.

El día nace en tus piernas;
sube por tu cuerpo, una perfecta geografía
las 12 (o el mediodía) son tus muslos;
las 15 (o la hora muerta) son tus bustos;
Y el anochecer, el camino más largo
Viene en tu boca.

Tus manos cubiertas de sortijas,
Tú, bañada de agua sedienta te estremeces
En el muro que parte al alba en dos
Pero no existes.

Y yo tampoco
Soy sólo un bostezo;
tu bostezo.
Dentro del sueño que todas las noches tienes, 
en el que no me ves; repito, soy un bostezo.
Y aún así, tú me besaste.

La mujer del acacio.

Encerrado en su habitación, todas las noches Emilio pasaba horas leyendo novelas, o historietas de terror, alimentando sus fantasías con los sucesos que iba imaginando, siempre fue un joven alejado de los demás, su familia lo abandonó a temprana edad y buscó un refugio en su propia imaginación. Esa noche no era diferente, Emilio tomó su historieta, y lenta y morbosamente comenzó a imaginar en su vida, acción por acción lo narrado en aquellas hojas: un hombre, una mujer, en un cuarto, oscuro, y desaseado, ella amordazada, y él abusando de ella, como final, pasa la hoja de su cuchillo por su vulva, y ella muere desangrada; con un morbo y frialdad inimaginables, Emilio disfrutaba cada cuadro. Emilio en ese momento, se fue a dormir.

Era de día, y los rayos del sol golpeaban sin compasión el rostro del desaseado Emilio, sus manos, llenas de sebo, al igual que su camisa; sus manos en sus genitales denostaban una noche de sueños eróticos, y para Emilio era ya necesario dar rienda suelta a sus fantasías, abrió la llave, y rápidamente se bañó, cogió su abrigo, lentes y salió en busca de algo para sentirse bien consigo mismo. Caminó unas cuadras, y abordó el autobús de las 10, a esas horas de la mañana la gente comenzaba a salir de sus casas, anduvo casi una hora arriba de la máquina, mirando, a quienes subían o bajaran, pero, estaba detrás de algo en particular, pero, ni él mismo podría explicarlo en ese momento, así que simplemente se bajó en un barrio del oriente y caminó más; de tanto caminar llegó a una zona de callejones, famosa por el comercio sexual, donde caminó, hasta toparse con una mujer, de tes blanca, pelo castaño, ojos de suave tonalidad, parada en una esquina, con una cartera y ropa ligera, era evidente, tanto para Emilio, como para cualquiera que la viera, que era una prostituta. Se miraron de manera cómplice y sutil, y conversaron de los "servicios", Emilio llevaba mucho dinero, razón por la cual sin dudarlo dos veces, lo siguió cuando emprendió el rumbo hacia un callejón oscuro, ya en ese lugar, Emilio fuerza una puerta, de una vieja y mohosa bodega, entra con la prostituta (la cual se llamaba María), y comienza una ligera discusión.

-¿Cómo puedes traerme a este lugar?, está sucio, ni una cama hay.

-No te preocupes, no necesitaremos cama; ¡Ya, desvístete!

-Sin cama, tienes dos opciones, o el servicio francés, o el húngaro -dijo ella-.

-¡Desvístete he dicho!

Y ella, ante los gritos de Emilio, accedió, pensando en el suculento pago que recibiría al final; ya desvestida, Emilio comenzó a mirarla, su vista había cambiado, su boca estaba abierta, jadeaba, su pene, notoriamente erecto, desvió la atención de María, quien ya "interiorizada" en su trabajo, comienza a desvestir a Emilio, para hacer sus funciones. Le practica sexo oral, y Emilio lo disfrutaba, lo disfrutaba tanto, que comenzó a moverse cada vez más rápido, cosa que incomodó a María, pero, continuó en su labor; cuatro minutos habían pasado desde que comenzó aquella felación, y Emilio sentía que debía dar rienda suelta a sus instintos, cogió lentamente su chaqueta para cersiorarse de que traía consigo su arma, una vez seguro de ello, golpeó a María con un puntapié en el rostro, cosa que la dejó totalmente inconciente y sangrada, aprovechando su estado, Emilio la amordazó, y amarró de brazos, a una viga del techo, de donde caía una persistente gotera.

Pasaron 15 minutos, y María comenzó a recobrar el conocimiento, al comprobar su estado real, se sobresaltó, no obstante, no pudo hacer nada, estaba amarrada, amordazada y herida; Emilio se encontraba en frente de ella, dándole la espalda, mirando por una pequeña ventanilla. Al notar los gritos solapados de su prisionera, volteó rápidamente, María entró en pánico; Emilio se acercó lentamente, mirando el cuerpo voluptuoso y desnudo de María, quien a su vez, se movía inútilmente, intentando zafarse, pero, estaba fuertemente amarrada, y Emilio avanzaba lentamente, cosa que la torturaba y desesperaba más y más. Una vez frente a ella, se calmó, la miró de pies a cabeza, y bruscamente llevó su mano a los genitales de María, que violentamente lanzó -o al menos intentó lanzar- una patada a Emilio, sin embargo, no lo golpeó, es más, esto produjo que Emilio sintiera aún mayor exitación, y le dieran más ganasde continuar con su propósito real.

Emilio se detuvo a pensar por un momento, pero no a reflexionar, si no en la forma más dolororsa (emocionalmente) de desatar sus pasiones atrofiadas, y luego de mirar por la ventana, lo decidió; comenzó deslizando de la manera más lenta y sutil sus frías y sebosas manos por el cuerpo de María, sus brazos, piernas, abdomen, genitales y ano; luego, abusó de ella, aprovechándose de su condición de inmovilizada, y finalmente, tomó un cuchillo, el cual comenzó a pasar aleatoriamente, y sin fuerza por todo el cuerpo de María, hasta finalmente, y de la manera más tranquila, enterrarlo a la altura de su estómago. El crimen se consumó, y Emilio decidió dejar el cuerpo colgando, ya que simplemente, era un terreno abandonado a la suerte del destino, como lo sería el inerte cuerpo de María desde ahora en adelante.

Es de tarde, comienza a anochecer, y la vida nocturna comienza a florecer por las calles de la ciudad, el comercio sexual es un problema para la autoridad, pero simplemente hace vista gorda, y es tan variado como calles hay en la ciudad; Paula, una prostituta de unos 29 años, está puesta en una esquina, como cada noche desde que tiene 17 años, a la espera de algún cliente, que con las fiscalizaciones son cada vez más escasos, pero confía en su experiencia para salir victoriosa de cada espera todas las noches. La vida de Paula (cuyo verdadero nombre es Alicia) fue difícil, su padre abusó de ella, de manera sistemática, hasta los 16 años, edad en la cual abandonó el hogar para buscar su suerte, suerte que encontró y que la mantiente hasta ahora; Paula (¿O Alicia?) guardaba un fuerte rencor hacia los hombres, quienes -irónicamente- eran quienes le permitían sobrevivir (económicamente), y a lo largo de los años, fue acumulando rencor, ya que cada perversión de alguno de sus clientes, le hacía recordar a su padre, cada perversión o petición de sus clientes, le hacían sentir que eran iguales o peores que su padre. De manera que su oficio, no lo ejercía tanto como necesidad, sino, como forma de desprenderse de su rencor, con incautos hombres que pagaban para simplemente, morir.

Eran las 22:37, de una calurosa noche primaveral, otra noche de trabajo para Paula, y rápidamente obtuvo su cliente, un hombre de tes morena, estatura mediana, y de apariencia serena; lo tomó del brazo y caminaron al cuarto de su cliente en un tercer piso de un departamento de oficinistas, era pequeño, húmedo, caluroso y de un persistente olor a pintura, no obstante, era su cliente. Paula se quitó la ropa, y su cliente le pidió que lo hiciera por él, cosa que Paula aceptó sin problema alguno, le pidió sexo oral, una petición bastante recurrente y práctica, por el tiempo en relación al precio, comenzó.

Iba bien, todo bien, sin embargo, aquel hombre comenzó a evidenciar una actitud violenta, gritos y ademanes violentos se hicieron cargo de él; Paula no lo dudó ni un momento, y cogió el cuchillo, con el que tantas veces antes había acabado con la vida de otros hombres, pero esta vez, decidió darle un sufrimiento previo, y cercenó los genitales (cuyo miembro estaba erecto) del hombre. Cuando este comenzaba a dar muestras de desangramiento severo, Paula simplemente cogió el cuchillo, y se lo enterró con todas sus fuerzas en su pecho, dándole muerte, y sin permitir siquiera que sus gritos alertaran a alguien. Paula se duchó lentamente, se vistió, y con una gran frialdad, eliminó cualquier vestigio de su presencia o actuar, salió, abordó el autobús, y llegó a su departamento a dormir.

Dos semanas habían pasado desde que Emilio decidió dar fin a la vida de María, y dos semanas eran demasiado para él, sus ansias de matar, comenzaban a aflorar. Once días eran ya desde que Paula mató a este hombre, sin mediar una provocación mayor que el de los instintos sexuales del mismo, once clientes habían pasado ya después de él, pero el siguiente debía correr su misma suerte.

Emilió se bañó. Paula se bañaba. Comenzaba a anochecer. Emilio abordó el autobús. Paula comenzaría una nueva noche de trabajo, cogió el cuchillo, como tantas veces lo había hecho antes. Emilio recorrió los callejones en busca de un lugar solitario. Paula buscó una esquina, a la espera de su próximo cliente. Emilio comenzó a caminar. Paula estaba ya en una esquina, ve una silueta masculina aproximarse desde la esquina. Emilio camina, y ve a su víctima al pie de un viejo acacio.
Paula se le acerca. Emilio se acerca a su víctima. Paula se deja llevar por su cliente. Emilio lleva a su víctima al lugar elegido. "¿Cómo te llamas?" dice él. "Paula" dice ella.

¿Quién sabe que sucederá?, ¿Será una historia de amor?; ¿O un crimen más?.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Prat.


Hoy caminé por las mismas calles de siempre.
Llegué a la misma calle donde te vi siempre.
Entré a los mismos lugares en que entro siempre.
E hice las mismas cosas que hago siempre.
Es que todo está planeado, todo es siempre igual.
Una rutina de nunca acabar.

Pero hoy no quise ver.
Hoy no oculté mis bolsas, porque me quería ver ridículo.
Hoy oculté mi rostro, porque no quería ser advertido.
Hoy crucé, miré y no miré, me perdí entre la gente, con la esperanza de no verte.
Aunque lo que más quería era frente a mí tenerte.

Intenté perderme entre motores, y brazos ajenos.
Tapar mi rostro de negro.
Y no tener el olor de siempre.
Ser a mí mismo diferente.
No, hoy no por favor.

Hoy caminé la misma calle de siempre, con la intención de no verte.
Desde ahora caminaré esa calle, como siempre ha sido.
La calle del comercio, de los ruidos eternos, de los árabes y sus tiendas.
La calle de la locomoción exclusiva.
La calle donde estás, y estarás.
Esa maldita y atestada calle, para verte más, y más, y más, y más...