No engalanes tu cuerpo de flores.
Desnúdalo y entrégate a la naturaleza que lo vio, tal como estás ahora.
Deja que el cielo se maraville, y las plantas florezcan con el color de tu piel, las aves canten con el color de tus ojos, el viento corra con el largo de tu pelo, y deslúmbrame con la hermusura de tu geografía.
No adornes siquiera la suavidad de tus labios.
No cambies siquiera la el sabor de tu boca.
No cambies la manera como tu lengua se desliza como una lágrima en la mejilla por mi piel.
No tapices tampoco tus palabras, ni cambies tu pasión.
Es suficiente así, con el sabor exacto.
El sabor de tu deseo contenido.
Traducido en palabras ardientes como el rescoldo de la arena, y caricias, caricias que rozan mis nervios, caricias que me hacen volar.
Ni siquiera pienses en vestirte, déjame contemplarte así, como un creador, un ser superior, que no es más magnificente que tu belleza te lanzó al frío mundo.
Ven conmigo, entreguémonos el uno al otro.
Danzemos en nuestro lecho de amor, al compás del péndulo de un reloj.
Quiero a belleza de tu juventud, de tu apariencia inocente.
La humedad y el sabor de tu tesoro más preciado.
Las caricias más sensibles, más tórridas.
Más inpensadas.
Más inmorales.
Me entrego a ti, soy uno contigo.
Con tu danzante cuerpo.
Somos uno solo.
Bailando al ritmo de nuestros latidos.
De nuestros impulsos.
Empapémonos de sudor.
Ahoguémonos en calor.
Gritemos de placer, una bella melodía.
Caigamos a un abismo, juntos, uno solo.
Sintamos como cada uno corre dentro del otro.
Contemplemos la belleza de nuestros cuerpos.
Y fusionémonos en un beso, húmedo, tenue y perpetuo.