martes, 21 de febrero de 2012

Adela.

Tendida en la paja, en el piso, agoniza. Con su extremidades marchitas como ramas en otoño, Adela está acurrucada al lado del débil fuego que consume ramas en medio de la habitación; sus ojos tienen un brillo aúreo, hablan, dicen que están cesando su mirar. Tose, vomita, se convulsiona, alucina, duerme, suda y gime. Adela tiene 14 años, quizá más, no lo recuerda bien. Nos dijo que hace tres meses su frágil y pueril cuerpo conoció el dolor del parto, y que su hijo está lejos, ella está acá huyendo de su padre, por la deshonra, no ha visto al padre de su vástago desde que tuvieron sexo, esa mágia noche de Mayo, lo recuerda bien -nos dice- que él era más fuerte y la obligó, aunque lo defiende, es un personero del gobierno local; acá está Adela, nunca debió llegar a nosotros, pero sus circunstancias la llevaron a perderse en la selva.


A excepción del resplandor de la lumbre, la oscuridad es imperante. Más allá de la ventana llueve de maneras impresionantes, debemos agradecer el haber encontrado esta casucha abandonada por la vida, el tiempo y la memoria, estaba habitada por arañas, muchas aves y un ratón gigante, fue nuestra primera cena; "Siempre llueve aquí, agradezcan que es suave esta vez" dice Samuel, el arriero de nuestro viaje, prometió llevarnos al otro lado de la frontera por un par de monedas, comida y un libro, siempre quizo leer algo nuevo, Adela no sabía nuestro propósito, creo que tampoco le interesaba, agonizaba, y guardaba dentro de sí misma la esperanza de salvarse.


Escapó, sin pensarlo, sin prepararse, sin siquiera tomar algo para protegerse, escapó de su padre, que casi la mató a golpes, quedan evidencias todavía de aquel arranque de ira para con su hija; a pesar de estar cerca de la capital, la gente de este pueblo es muy conservadora, religiosa y, por sobre todo, machista, por eso no era raro que jóvenes escaparan de la deshonra de sus embarazos, buscando dejar la vergüenza y encontrar algo para vivir al otro lado de la -en ese momento- impenetrable frontera.


La lluvia seguía, y ya eran 2 días, el calor era insoportable, sofocante, algunos pensaron en matarse, uno huyó, pero sé que no llegó lejos, los animales salvajes son un gran peligro, y si se logra pasar ese impedimento, la humedad hará de las suyas, no le doy más de 5 días, y la frontera está a 6 de viaje acelerado y expedito. Nuestro viaje partió hace 5 días, iba bien, nuestro objetivo era llegar al Congo en una semana, una semana ya va. Queríamos buscar especies vegetales, y llegar a Bosobolo, un lugar cerca de la frontera con la inestable República Centroafricana, donde nos contaron existía un pueblo nómade que queríamos estudiar.


La gente de estos lugares solía construir estas casetas a la deriva del camino, para buscar refugio de la lluvia, pero dentro se encontraban con un enemigo más violento: saqueadores; con el tiempo, la zona comenzó a decaer, y ahora su único enemigo común resulta ser la malaria.


Alfonso -uno de mis colegas- espanta sin querer a su perro de caza, y este pasa a llevar a Adela, yo tomé mi chaqueta y la envolví en ella para que pasara la noche, ella tímidamente cubría sus piernas con su raída falda. Débilmente clava su mirada en la mía, como buscando aferrarse a mí, mas, sólo vi resignación en sus pupilas, llamé a Mario, el médico, quién descubrió que tenía un ligero sangrado vaginal, un ritmo cardíaco de 140 latidos por minuto, y 41 grados de temperatura, sin saber el por qué decide administrarle un poco de Amoxicilina, con la esperanza de que sobreviva, la convenzo de que beba una taza de té, con algunas hierbas, a lo que débilmente asiente con la cabeza, le preparamos un lugar para que pase la noche, anhelando sólamente el fin de la lluvia.


Es de mañana, y la lluvia ha casi cesado, Adela está peor, no podemos dejarla morir acá, por lo que decidimos partir. El camino está peligroso, los animales salvajes al acecho, pero intentamos llegar pronto a la frontera, e intentar que Adela, al menos pueda cruzarla; dejarla morir acá sería dar carroña a los animales, más que por la soledad del lugar, por su soledad como persona, aunque hubiere muerto en su casa, hubiera terminado como carroña, su acción era imperdonable. Comenzamos a ver pequeñas chozas, estamos por alcanzar nuestro primer objetivo, una aldea marcada en el mapa, donde esperamos poder abastecernos. Adela no camina, es llevada por Mario y Héctor, un joven que se ofreció a ayudarnos a cambio de comida y que lo sacáramos de su casa, o bien, el lugar donde era brutalmente esclavizado.


Adela comienza a vomitar sangre, la angustia se apodera de nosotros, mientras el arriero nos dice que el pueblo fue atacado por saqueadores, lo cual agota nuestras esperanzas de salvarla. Sus ojos, más brillantes que nunca, dicen lo que sus labios, secos como la tierra en verano, no puede. Se despide, sin decir una palabra. Pasan un par de minutos, y sus joven mirada, cesa para siempre. Adela dejó esta vida, sin saber cómo estaba su hijo, sin ver como sería su rol como madre, Adela dejó esta vida, por dejar atrás su vergüenza, su obligada e injusta vergüenza, dejó esta vida, simplemente por miedo, y nosotros la dejamos, ahí, tal como murió, sabiendo el futuro de su cuerpo, dejamos nuestras vidas en esa destruída aldea, guardando siempre en mi memoria su mirada, de agradecimiento y angustia, angustia de morir, simplemente, por intentar vivir.

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