viernes, 31 de mayo de 2013

Noche de Mayo.

Si pudiera hacerte comer una granada.
Si pudiera hacerte bajar a los infiernos.
O llevarte al paraíso.
Retenerte y alterar las estaciones.
Y que seas mi Perséfone.
Lo haría.

Si fuese Dante.
Si tuviese que viajar por el infierno.
Y pasar todas las penurias para llegarte a encontrar en el paraíso.
Lo haría.

Aunque estuvieras prisionera en el subsuelo.
Y ni Caronte, ni el Cerbero.
Ni el mismo Dios me lo permitieran.
Los desafío.
Lo hago.

¿Cómo te explico?
Soy fanático de tu cuerpo.
Soy sediento de tus labios.
Soy amante de tus besos.
Soy seguidor de tus pasos.

No puedo imaginarte.
Porque imaginarte es reducirte a una idea.
Idea fugaz, idea temporal.
Lejana, alejada de ti.
De lo que eres y lo que me produces.

Si hubiese un término.
Una palabra.
Una sílaba.
Sintética y precisa
para explicar lo que siento por ti.
Sería tan larga, que prefiero escribirte esto.

Porque ahora te anhelo, te siento.
Siento tu calor, tu aliento.
El roce de tu pelo con mis dedos marchitos.
El roce de tu cuello con mis labios partidos.
El roce de tu piel con mis manos temblorosas.

Porque me has llevado a viajar.
Sin salir siquiera de nuestro nido.
Un viaje más largo que el de Dante.
En menos tiempo.
Con menos caminar.

Es el viaje que me produce cada beso.
Cada palabra.
Cada caricia que me das.
Cada momento en que te miro; nos miramos.
Ese viaje, que no es al infierno ni al paraíso.
Pues es el paraíso mismo.

Paraíso recorrido.
Mil veces alcanzado.
Que no debía conocer hasta que mi alma dejase mi cuerpo.
Pero conocí una noche fría de Mayo.
Sin viajar como Dante en busca de su Beatriz.

Tímidos y temerosos nos aventuramos en ese viaje.
Mágico y surreal.
Dulce y carnal.
Breve y de éxtasis.

Porque nos hicimos uno con las hojas danzantes del otoño.
O el preciso vaivén del reloj.
O el perfecto mover del péndulo.
Nos movimos.
Nos entregamos.
Nos disfrutamos el uno al otro.

Y como en la piedra tallada.
Quedó esa imagen en mi memoria ya senil.
Como braza ardiente en la carne quedó marcada.
Como beso dulce de medianoche.
Como beso juntos mirándonos a los ojos.
Tumbamos en una cama o una pradera.
¿qué más da dónde?

Seguir agregando palabras sería tan hereje como imaginarte.
No eres digna de ser imaginada y reducida a una imagen.
Puedo recordarte, sentirte; sentir tu calor.
Tu cariño y tu cálido abrazo.
Tu voz perdida en la noche oscura.
Tu cuerpo y el mío.
Bellos y entregados.

Seguir agregando palabras sería matar el momento.
Pues no se vive con palabras.
Pues no se vive con memoria.
Pues no se vive con imágenes.
Se vivió en una noche fría.
Y esa noche fría vivirá por sí misma.
Por siempre para nosotros dos.

1 comentario: