Una cicatriz como evidencia de la verdad que no es de nuestra incumbencia, los recuerdos de una batalla están escritos en la arena, con sangre y vísceras; epitafios de héroes anónimos.
Rostros sin expresión comienzan a desfilar por el valle de la muerte, pisando la arena, removiendo las improvisadas tumbas de ladrones y patriotas por igual; el sol comienza a producir un sudor frío, no por el calor, sino por el miedo a morir bajo su luz.
Un coronel llora por su familia en casa, diciendo frases como: “Sería capaz de matar a mi familia y matarme para salir de acá y no dejarlos nunca”.
Escondido de manera cobarde tras ténues nubes, está el sol; quiere tener cautivos a los soldados, a los más valientes y más fuertes los va debilitando, creando eclipses en sus mentes, mostrándose junto a la luna, danzando de manera erótica, algunos hipnotizados se desprenden de sus ropas, sus grados y dignidad y se sodomizan, los otros contemplan aterrados, pero atraidos, sin embargo, su orgullo Argelino se los impide, Alá es muy impío. El coronel que ansiaba estar con su familia, comienza a llorar, la imagina por última vez, los besa, su mujer lo viola, mientras sus hijos lloran su dolor, después de esto, busca un sable, y se lo entierra en su abdomen, sus vísceras corren junto a su vergüenza, perdiéndose entre la orgía, la orina, excrementos y un par de escorpiones que buscan alimento.
Pequeños vergeles (luego de la escatológica orgía) se presentan ante sus ojos; vergeles de dátiles, pero por sobre todo, florecen ahí sus vergüenzas, sus recuerdos más trágicos y sus crímenes; vergeles desiertos de gloria, honor, esperanza y amor; los soldados corren hacia ellos, y se revuelcan en los venenosos dátiles, se revuelcan en sus mierdas, se impregnan de ellas, es casi su muerte en vida, los escorpiones siguen tras ellos.
Las lágrimas afloran de sus ojos, una mezcla de placer, dolor y nostalgia; sus culpas están olvidadas, lo que pasó en el cálido desierto Argelino, no será mencionado por nadie más que sus conciencias en cada momento de sus vidas, pero, no será transformado en palabra alguna.
Su futuro se presenta ante ellos en una tormenta de arena, muertes y crímenes de guerra, violaciones a pueblos pequeños, robo a gente pobre, subyugación ante el poder, derrota ante el enemigo. Una esclava promesa de sus infieles y estoicos superiores, se les dijo: "Maten, violen, torturen, sufran, traicionen, pero no se entreguen ante el honor; vivan en un desierto de valor".
El calendario se masturba, eyacula todas las fechas gloriosas, que salen en busca de un óvulo para fecundar sus buenos recuerdos y transportarlos al pasado; no existe tal óvulo, deboraron a la última mujer del desierto.
Los finales heroícos siempre incluyen un amanecer radiante; esta no fue la excepción: son héroes de sus valores, son sus propios salvadores; serán recibidos como mártires en vida, la gente piensa que el desierto es fácil.
Mientras yo me interno por Mauritania, intentando alcanzar el sur de Argelia: el desierto no es difícil, si eres un humano corrupto; el suelo se transforma en escorpiones, se hunde, me clavan su veneno, su elixir, veo lo lejos a los soldados; sacaré un cuaderno.
Mi infortunio es un pase de entrada a una poesía inexistente; soñé que caía, eternamente en paracaídas, mientras hablaba con Dios; la peor alucinación de todas, aunque, siempre me han agradado los paracaídas.
Se me olvidó cuando fue la última vez que me sentí bien, la última vez que me sentí humano, ahora me siento como un camello en el desierto siberiano; estos héroes de la patria faltos de lógica, seres falaces y sin fortaleza siquiera para no violarse entre ellos, me hacen mi vida más difícil, huí al desierto para alejarme de la normalidad, pero, estos tipos representan todo ello.
Encontré una guitarra, hecha con un tronco hueco, vellos púbicos y un cráneo, no suena; sin embargo, al pulsar cada "nota", se escuchan como un macabro eco los gritos de las niñas, los esfuerzos de los niños, los golpes inútiles de los padres, por evitar las violaciones, cada final de una melodía es la desvirgación de una pueril joven.
El desierto se transforma en un abismo, rocoso y rencoroso; el desierto no me transformó, fue un infierno en la tierra; aunque por momentos sentí la libertad de la ausencia de ley, fue un paraíso entonces.
Comandantes briagos dejan caer sus condecoraciones, y desvergüenzas; en sus cabezas no existen virtudes, más allá de un par de cabellos que cubren su calva del sol, que escudriña en sus conciencias, en búsqueda de una buena acción, de algo heróico, de algo valeroso.
Ya estoy en una ciudad, acá las personas son igual -o peor que los soldados-, solo que acá, no es bien visto ser un héroe.
Y acá hay guitarras, de cuerdas y cuerpo de madera, que cantan penas en cada nota; una emoción finita en lo infinito.
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